viernes, 27 de mayo de 2011

Ser Social

¿En qué clase de sociedad vivimos para que la explicación de un comportamiento potencialmente dañino duela, moleste y provoque una reacción más negativa que el comportamiento en sí? ¿De qué sirve afrontar y asumir la responsabilidad de tus actos? ¿Acaso es más loable, más certero y más aceptado por la sociedad hacer daño, intencionado o no, y mirar para otro lado que explicar los motivos, justificados o no, que te llevaron a obrar de esa manera?

Adopté la sinceridad por bandera y línea que guía mi vida social por varios motivos. El primero de ellos porque pensé que el ser sincero era una manera de no buscar excusas y aceptar la responsabilidad de mis actos pasados y futuros. La segunda razón es porque siempre se ha dicho, aunque ahora pienso que es una leyenda urbana, que la sinceridad es buena, que te hace mejor persona y que una mentira tiene principio pero no fin. El último de los motivos es porque creía que mi vida no seguía los caminos que había marcado por culpa de la mentira y la insinceridad.

Hace tiempo de la decisión que tomé. Al principio me reportaba la calma, el sosiego de saber que estaba haciendo lo que se supone correcto. Eso me permitía dormir. Con el paso de tiempo, esa sensación permanece, pero mitigada. Lo que buscaba, la mejor relación con la personas, nunca llegó. Al contrario, actuó como un repelente de personas sociales, de ovejas blancas. Injusto es generalizar, lo suavizo diciendo que la mayoría, pero es la sociedad y las personas que la conforman las que devaluaron y aún devalúan la honestidad, la sinceridad, porque, aunque ésta únicamente duela en el mundo actual, reconfortaba en su momento.

miércoles, 25 de mayo de 2011

Adaptación

No me adapto, lo intento pero no me adapto. Por naturaleza soy un ser social, pero ni la compañía de la sociedad ni la soledad de mi habitación me dan lo que pretendo. Supongo que nací social, nadé en la sociedad hasta diluirme. Sin embargo, me encuentro yendo contracorriente primero. Me aparto a un lado. Vuelvo al medio para seguir la corriente, pero de nuevo giro contra ella. Empieza la lucha y el único derrotado soy yo. Espero que cuando la lucha acabe, el vencedor sea yo.

El Juego

¿Qué hacer cuando no quieres jugar? Si bien conoces el juego, conoces las reglas, pero no quieres jugar. No es menos cierto que conoces las consecuencias del juego, pero no quieres jugar. De acuerdo además con el reglamento y con los participantes, pero no quieres jugar. Cansado de juegos que no conducen a nada, que probablemente no retrasen pero tampoco impulsan. Necesitado de la realidad, de lo que importa y aporta para seguir hacia delante, poder mirar atrás y, finalmente, sonreír.

viernes, 13 de mayo de 2011

¿Principios u orgullo?

Somos seres rutinarios. Nos encanta vivir en un estado constante, invariable, predecible y sin sobresaltos. Los cambios nos aterran, trastocan la calma en la que vivimos. La sensación de control que nos da lo conocido nos hace reacios ante la posibilidad de cambiar, de evolucionar hacia una versión mejorada de nosotros mismos.

Cuando el cambio afecta a nuestras actividades cotidianas, éste siempre es menos traumático. Fue así como conseguimos sobrevivir y evolucionar hasta lo que somos hoy. Ante una necesidad, ante un nuevo desafío, nos adaptamos para poder continuar, y sólo cuando esos nuevos retos dejaron de serlo para transformarse en rutina, fue cuando el sosiego volvió a nuestras vidas. La terquedad de continuar con lo conocido, con lo que se domina y se ha automatizado, sólo lleva al óbito en el pasado, al fracaso en la actualidad

El cambio de lo que denominamos principios, valores, que no son otra cosa que opiniones que poseemos ante hipotéticas situaciones y pautas de actuación cuando lo factible, lo teórico se convierte en real, entraña una dificultad extra para la psicología humana ¿De dónde viene esa complejidad? Cada persona defiende sus opiniones hasta la extenuación, bajo el lema de "son mis principios", justifican su parecer calmando así a su conciencia. Cambiar nos produce unas sensación desagradable, estresante, donde todo es nuevo y escapa de nuestro control. La incertidumbre es una soga que se ciñe sobre la rutina, asfixiándola hasta dejarla inactiva. El pensar de distinta manera a lo que normalmente lo hacías viene cargado con una mochila llena de indigna sorpresa y desconfianza de los que nos conocen. Juzgan el cambio y lo adornan afirmando tu falta de personalidad, de criterio y tu riqueza de volatilidad e inmadurez además de una larga lista de atributos descalificativos y peyorativos, que no hacen más que dificultar el proceso de cambio.

Sin embargo, culpar a la respuesta de los que nos rodean para evitar un cambio es ser ventajista. Sin lugar a dudas me inclino por esa emoción que nos ayuda a superarnos pero que a la vez nos condena: el orgullo. Nos ciega, distorsiona la necesidad real y frena el avance hacia nuestra meta. El orgullo mueve montañas pero a la vez, detiene huracanes.

El cambio debe verse como algo positivo, excitante y apasionante, porque vivir demasiado tiempo atrapado en lo conocido, en lo sometido por miedo a lo desconocido, sólo conduce a la frustración, a la apatía y a la involución personal.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Algo Está Cambiando

Todas las personas han oído alguna vez la palabra empatía. De hecho, la usan en sus discursos sin saber muy bien que significa. Unos la definen como "la capacidad de ponerse en el lugar del otro". Otros van un poco más allá y añaden un componente de comprensión hacia la situación que está viviendo esa persona. Siempre se ha asociado a la tragedia, a la pena, pero imagino, porque no lo sé, que también se podría aplicar a la alegría, al júbilo. En definitiva, se podría decir que todo el mundo sabe lo que es y sería complicado preguntar por la calle y encontrar a alguien que no supiera definirla independientemente del acierto. También podríamos afirmar que es una cualidad que la gente la denomina como positiva, saludable, entonces, ¿por qué no rige nuestra sociedad esta cualidad considerada por la propia sociedad como beneficiosa?

Buscar culpables es imposible. Los factores que influyen en el hecho de que la empatía sea la gran olvidada son demasiados, además de la dificultad que entraña delimitarlos ya que unos se solapan con otros. Podríamos hablar del capitalismo, del tamaño de las ciudades, del estilo de vida, etc. y todos serían argumentos muy plausibles para determinar las causas de la falta de empatía. Sin embargo, yo me quiero detener en uno que a lo largo de los años se ha mantenido inmutable a pesar de los grandes cambios que se han producido en la sociedad. Es uno de los sistemas que actualmente está sufriendo una revolución, un lavado de cara, para adaptarse al mundo actual. No es otro que el sistema educativo.

Siempre se ha dicho que la educación es el pilar de la sociedad, que los jóvenes son el futuro, y todo eso es cierto, pero no se ha sabido cuidar. Preguntando a mis padres y abuelos cómo era la educación que ellos recibieron, remarcar que no distaba mucho de la que yo había recibido. Los contenidos han cambiado pero el sistema sigue siendo el mismo. La educación se basaba en llenar el cerebro de los niños con la mayor cantidad de datos y habilidades posibles y acordes a su edad. Dejaban a un lado, marginaban la condición humana y social de los estudiantes.

Nos hemos olvidado de las emociones, de los sentimientos, de los valores, de lo que los religiosos denominan alma. Vivimos en una sociedad donde giramos al cabeza al que pide ayuda, donde disimulamos para no ayudar a la persona que no pide ayuda pero que sabemos que la necesita. Hemos llegado a un punto donde somos incapaces de empatizar con la persona que está alegre, ya que su éxito ilumina tu fracaso. Ahora más que nunca, la sociedad dejó de ser tal para dar paso a un conjunto de personas.

Apuesto por la educación de las generaciones futuras para revertir esta tendencia, que justamente en estos momentos, tanto se necesita.

lunes, 9 de mayo de 2011

Ese Viejo Conocido

Qué difícil es el amor y todo lo que le rodea. Qué complicado es definirlo con palabras. Cada vez que lo intentamos acabamos encogiéndonos de hombros llevándolos hacia delante, con la boca entreabierta y el aliento contenido. Nuestra cara refleja la frustración por la misión incumplida, por ese deseo incompleto de poner en palabras algo tan cotidiano como el amor. Sorprende unir la palabra cotidiano y amor en una misma frase, pero, ¿acaso no es cierto? Queremos a nuestros familiares, a amigos que son parte de nuestra familia, a nuestra mascota, aunque nunca la denominemos así porque siempre la vimos más como una persona y parte de la familia que como una animal. Sin embargo, la definición del amor, la que nos satisfaga, se nos resiste a cada intento. Recurrimos a metáforas, paralelismos, hipérboles de experiencias pasadas, pero el amor siempre sale victorioso, se escurre entre las palabras para no ser atrapado.

Siempre culpé al lenguaje, limitado, ambiguo, sin vida. Cada sensación que provoca el amor pierde su intensidad y valor cuando se retrata con palabras, cuando lo verbalizamos, a pesar de la ayuda de nuestras expresiones, tono y timbre de la voz... Culpé a la sociedad y su falta de humanidad, donde la expresión de la emoción se asocia a la debilidad, al lamento. No nos enseñaron a esculpir al amor con el lenguaje, éste sólo hablaba de conocimiento.

Todo eso quedó descartado. El culpable es él mismo. El amor no quiere ser definido, se siente individual, privado, inalienable a cada ser humano. No quiere que se generalice, no desea encontrarse en el diccionario junto a palabras inorgánicas, sin emoción o sentimiento. Quiere seguir siendo el más buscado, por el que más riesgos se corre, el más deseado y, sin embargo, el más añorado cuando se pierde. Pide mucho, lo sabe, por ello guarda siempre una sorpresa para el que lo consigue.

No está solo, algo le acecha, en la era de la ciencia, la razón se alza como su archienemigo. Adoramos el amor cuando está de nuestra parte, cuando inunda nuestra vida. Nuestro odio y rabia lo golpea cuando nos abandona, a través de la razón borramos las huellas que nos ha dejado, olvidándonos de lo que nos dio.

Incapaces somos de disfrutar del amor en todas sus formas. El dolor, la pena, la ira, la desesperación que acompañan al desamor son emociones menospreciadas, repudiadas y negadas. Nos olvidamos de extraer la esencia de cada experiencia relacionada con el amor. Nos protegemos ante futuras agresiones, construyendo una fortaleza emocional cuya entrada actúa como filtro de posibles hostilidades, dejando en la red sensaciones extraordinarias, llenas de sabiduría y calidez. Sin darnos cuenta, desterramos a lo que perseguimos.

jueves, 5 de mayo de 2011

Síndrome de la hoja en blanco

Siempre que he escuchado este síndrome sufrido por escritores, he entendido su significado desde un punto de vista semántico, es decir, sabía a lo que se referían. Sin embargo, abrí hace un par de semanas este blog y todavía no he escrito (o mejor dicho, publicado nada, ya que mi carpeta de borradores está llena), hasta hoy. Por primera vez, he sentido, y no sólo entendido, lo que supone padecer este síndrome. Siendo realistas, en mi caso es un hobby, un pasatiempo, nada comparable con la necesidad de escribir para comer.

He de reconocer que es la primera vez que escribo lo que pienso, siempre he sido un apasionado de las conversaciones y nunca he valorado tanto lo que me aportaban mis interlocutores como cuando me he sentado delante del ordenador dispuesto a escribir una entrada para mi blog. En todo este tiempo de bloqueo cognitivo, he leído entrevistas a artistas, desde cineastas a escritores, sin olvidarme de compositores, pintores, etc. Buscaba una frase, una idea que sirviera de medicamento contra este mal que, sin ser grave, no deja de ser frustrante. A lo largo de este período, no ha faltado la introspección sobre los posibles motivos que me causaron una incapacidad total para hacer clic sobre el botón "publicar entrada". La conclusión a la que llegué es que estaba poniéndome en la piel del posible lector, pensaba constantemente en lo que el lector querría leer y/o esperaba de mí. Esto resulta sencillo si sabes que es una única persona la que va a leer tu entrada, ya que simularía una conversación, sin embargo, se torna imposible cuando intentas satisfacer a todos esos lectores que crees puedan llegar a leer lo que escribes. Cuando realizas algo para alguien, la lógica me lleva a imaginar qué es lo que busca esa persona, que le haría feliz o le reconfortaría. Es por ello que no concebía escribir sin pensar en el lector, creando un círculo vicioso que acababa conmigo delante del ordenador sí, pero sin escribir.

Hace unos días, leyendo una entrevista realizada al poeta Juan Gelman noté súbitamente un alivio emocional que se extendía por todo el cerebro. La frase que dijo es tan sencilla y evidente como reveladora: "No pienso en el lector al escribir". Simple, claro, sin alardes, hasta obvio podríamos decir. En mi caso personal, determinante. Gracias a ello aquí estoy, escribiendo y deseando pulsar el botón que abra la puerta de una experiencia enriquecedora y,por qué no decirlo, apasionante.